Cuando todos empezamos a ver House, nos quedábamos flipados con la idea de un grupo de médicos guiados por un cojo socarrón al que le encantaba el humor negro. Se reía a la cara de los pacientes, mientras les salvaba la vida in-extremis porque era el más listo del lugar. Nos molaba ver a ese tío haciendo chistes en medio de la tempestad, enfrentándose a la enfermedad como el capitán Ahab atado al mástil de su barco. Riéndose de ella, desafiándola. Y todos esperando a ver como la vencería una vez más. "Sickness was the argument".
Y ahí no enseñan el lado oscuro que todos llevamos dentro. Miedo, envidia, debilidad. Y lo peor de todo es que los hijoputas de los guionistas lo consiguen. Por lo menos conmigo. Cada puto capitulo me enseña lo podrido que estoy por dentro. Cada nueva trama me muestra otra cara de mi quebradiza y triste personalidad. Una sesión de psicoanálisis de 40 minutos.
La voz que Hugh Laurie le da al personaje en la versión original no es como la del cabroncete con un agudo sentido del humor que oímos en castellano. Es la de un auténtico hijo de puta. Con sentimientos, pero un auténtico hijo de puta.
Para mí, House ha dejado de ser una comedia. Ahora es drama. Mi drama.
Acabo de pillar un virus muy chungo, que tarde o temprano ataca a cualquiera que escriba un blog:
¿hay alguien al otro lado? ¿ hay algun lector que entre aquí porque sí, no solo para buscar el puto logo de galerias preciados? ¿tengo algún lector habitual? ¿se puede tener un lector habitual escribiendo una vez al mes como mucho? ¿quién es ese holandes errante que parece que me visita?
Dios, puta infección, parece que me ha afectado al ego blogueril y al hígado. No, lo del hígado es culpa del Ballantines y del Jägermeister.
Échenme una mano, dejen un mensajito o algo. Engordenme el ego un poco, y de paso los comentarios. Incluso si les apetece contestaré preguntas y todo.
"Cuando empiezan a relucir los números, malo. Cuando estamos a punto de perder algo que nos parece bueno, o que queremos mucho, empezamos a contar: faltan tantos dias para que esto acabe, decimos. Y lo mismo cuando nos encontramos ante una situación desagradable: empezamos a calcular lo que falta para el final. En cualquier caso, la aparición de los números es una mala señal." El hijo del acordeonista , de Bernardo Atxaga .
Ya hace un mes y pico que no aparecía por aquí. Quince días desde que volví de Alemania. Cuatro meses para terminar esta puta carrera. Tres meses para dejar de aguantar a diablillos de ocho años. Dos horas para irme a dormir. Seis horas hasta que me levante. Tres trabajos para entregar. Siete meses para viajar al otro lado del mundo. Diez cigarros, mil pensamientos.
El día que nos enseñaron a contar, no nos explicaron nada de esto.